Prevención de la tristeza

La vida es muy dura, hay momentos en los que nos tenemos que enfrentar a la pérdida de algún ser querido, relaciones importantes…. En estos momentos es inevitable sentirse triste o incluso iniciar un periodo de duelo durante el cual tendemos a reflexionar y ponernos melancólicos. Después, maduramos y damos significado a la pérdida adaptándonos a la nueva situación y reorientando nuestra vida. Esta es la función adaptativa de la tristeza y no es posible ni deseable eliminarla o suprimirla.

Sin embargo, hay personas que en muchas ocasiones se entristecen por pequeñas cosas sin importancia, como por ejemplo algún desaire de otra persona, magnificándolas. En este caso, cuando realmente no ha habido una pérdida significativa, sí tiene sentido tratar de no caer en un estado de desolación, tratando de prevenirlo y evitando así caer en problemas emocionales más graves como la depresión.

Por ejemplo, a veces una persona está al borde de la depresión por una relación de pareja, porque el otro no se compromete a trabajar en la relación y hacerla cada vez más bonita. Cuando el miembro de la pareja que sí está comprometido ve que su relación siempre cojea del mismo punto y que por tanto se tambalea, debe analizar si tiene o no sentido empeñarse en defender algo que el otro no valora o en depender emocionalmente de alguien que ni siquiera le da importancia. Para evitar y prevenir problemas emocionales de tipo depresivo, hay que informarse y hacer un buen análisis de la situación. Si por el contrario no dejamos de darle vueltas, magnificamos la amenaza que supondría dejar a tu pareja etc. es cuando probablemente estemos abocados a sufrir una fuerte reacción de tristeza que podría después llegar a complicarse.

Con frecuencia, cuando no queremos ver el desenlace, porque no nos gusta, cometemos el error de no estar prevenidos ni preparados. Esto supone que lo que podría haber sido una pérdida poco significativa en nuestra vida, se convierte en un problema mucho mayor por estar tratando de evitarla, de no verla o de sortearla.

En líneas generales, también es más fácil prevenir la tristeza si estamos de buen humor, alegres y motivados. Para conseguirlo, es bueno intentar evitar el estrés y la ansiedad que tienden a activarnos en exceso, a agotarnos y a hacernos perder la energía y la vitalidad. Si somos capaces de manejar ambas, estaremos más frescos y relajados y será más fácil no magnificar pequeñas pérdidas, no obsesionarnos con ellas y preservar así un estado de ánimo alegre y centrado en los aspectos positivos de nuestra vida.

Recuerda:

  • Desarrollar fortalezas como el optimismo o la perseverancia, es mejor que estar ahondando en nuestras culpas.
  • Disfrutar de lo que tenemos, es mejor que añorar lo que no hemos conseguido.
  • Proponerse objetivos razonables y alcanzables, luchar por conseguirlos y ver la vida de forma constructiva, es mejor que el aburrimiento y el tedio.
  • Mantenerse activo haciendo algo de actividad física, es mejor que estar siempre sentado viendo la televisión.
  • Luchar por conseguir algo, es mejor que sólamente envidiarlo.
  • Saber que nuestro bienestar depende en gran medida de nosotros y actuar en consecuencia, es mejor que lamentarnos por las pérdidas que sufrimos.

En definitiva, para prevenir la tristeza y el malestar emocional es bueno formarse y aplicar esos conocimientos a nuestra vida. Para prevenir problemas emocionales derivados de la tristeza, debemos trabajar los siguientes factores de riesgo:

  1. La falta de información y de manejo de las emociones, especialmente de la tristeza.
  2. Los niveles altos de ansiedad y estrés, mantenidos a lo largo del tiempo.
  3. Las tendencias erróneas en el procesamiento de la información como magnificar los sucesos negativos, darle vueltas a los problemas, pensar que todo es por nuestra culpa…
  4. Mantener creencias positivas sobre el hecho de rumiar los problemas como pensar que estar dándole vueltas hará que encontremos una solución.
  5. Tener creencias negativas como pensar que cuando le doy vueltas tengo más control sobre mi mente o mis emociones.
  6. La baja autoestima
    1. Tendencia a la pasividad o a la falta de esfuerzo.
    2. No perseverar en el esfuerzo y no acabar las cosas que hemos comenzado.
    3. No saber evaluar lo que hemos hecho bien, nuestros logros en todos los aspectos de nuestra vida.
    4. No hacer atribuciones de causalidad de tipo interno, estable y global ante los resultados positivos. Evitar el “todo me sale mal, soy un desastre”.
    5. No hacer atribuciones internas, controlables, no estables ni globales para los resultados negativos sino practicar el “si he suspendido es porque no he estudiado, eso lo puedo cambiar porque depende sólo de mi”.
    6. No premiarse o reforzarse por el esfuerzo realizado y la capacidad para enfrentarse a los restos. Tienes que decirte “¡lo he conseguido!” y evitar la exigencia permanente del “sólo lo he hecho porque era mi obligación”.
    7. No saber generalizar una buena valoración propia desde lo que ya hemos llevado a cabo con éxito hacia el futuro.
  7. El estilo de afrontamiento evitativo para los problemas, en lugar de afrontarlos de manera activa siempre que sea posible.
  8. El pesimismo, la tendencia a interpretar la realidad por su lado más negativo, en lugar de disfrutar de las cosas positivas que hay en nuestra vida y potenciarlas.
  9. El neuroticismo o tendencia a preocuparse en exceso y a sufrir por las cosas pequeñas.
  10. La tendencia a obsesionarse con algunos pequeños problemas personales, especialmente con la falta de valía o la falta de apoyo social. Muy típicos son el “se van a dar cuenta de que no hago bien mi trabajo”, el “no seré capaz”, el “qué mala suerte tengo” o el “nadie me quiere”.
  11. La tendencia a obsesionarse con tenerlo todo controlado de manera rígida.
  12. El aislamiento social, sobre todo el no deseado, la falta de actividad social, de apoyo o de comunicación personal con amigos íntimos o con la pareja.
  13. No saber manejar los conflictos interpersonales y acumular desavenencias o problemas con la gente que tenemos a nuestro alrededor.
  14. La falta de trabajo o de una actividad en la que centrar nuestra atención y nuestros esfuerzos.
  15. La falta de un proyecto de vida tanto a nivel laboral, familiar, de pareja, económico de formación, cultural, de desarrollo personal o de ocio, centrándose por el contrario en atender las necesidades vitales más elementales como comer o dormir.
  16. El sedentarismo, la falta de actividad física.
  17. Fumar o consumir otras sustancias.
  18. La falta de integración o una mala gestión del duelo ocasionado por estresores potentes como las pérdidas significativas o eventos muy traumáticos y también la falta de adaptación a estresores menos severos como un cambio de residencia o de trabajo.
  19. La falta de hábitos de lectura que nos puede enriquecer, formar, entretener o deleitar.
  20. Entender la vida y la felicidad como la simple búsqueda del consumo o de lo que nos produce placer, sin tener más objetivos.
  21. Haber sufrido episodios previos de depresión.
  22. Ser hijo de padres con trastornos depresivos.

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