Estrés y rendimiento

El proceso de activación que se produce en nosotros ante una situación, problema o tarea que debemos realizar tiene, si lo expresamos en una gráfica, forma de U invertida. Esta ley, la llamada Ley de Yerkes-Dodson, de principios del siglo XX, se interpreta de la siguiente manera:

  • Al principio, el proceso de activación es bajo. Como consecuencia, el individuo no está preparado para rendir aunque nuestra actividad cognitiva, funciona cada vez más rápido.
  • Según nos vamos activando, este proceso cognitivo es cada vez mayor. Con un nivel óptimo de estrés, alcanzamos un buen rendimiento y cometemos cada vez menor errores.
  • Si continúan aumentando el estrés y la activación por encima del nivel medio, comenzamos a perder parte del control que teníamos sobre la actividad cognitiva y cometeremos más errores. En esta situación, si prestamos cada vez más atención a esos errores que cometemos y fijamos nuestra atención en ellos, se producirá más activación y erraremos más.

Algunas personas son muy perfeccionistas e intolerantes con sus propios errores. Se trata de personas que tienen una elevada ansiedad de evaluación y por tanto, altos niveles de activación, nerviosismo o preocupación ante situaciones como entrevistas, exámenes, hablar en público, una supervisión en su trabajo etc. Estas personas pueden llegar a bloquearse con el consiguiente aumento de errores y fallos en el rendimiento.

Por ello, es conveniente tener una correcta “profilaxis del control de nuestros errores” es decir, saber reaccionar de manera adaptativa respetando dos principios básicos del aprendizaje:

  • La ley del refuerzo por la que debemos premiarnos cuando hemos hecho algo bien.
  • La corrección del error, sin culpas, sin reproches y sin castigos.

Con esta forma de actuar, tendemos a repetir lo que ya hemos hecho bien, por haber sido reforzado con el premio y a corregir los errores sin la influencia de las emociones, es decir, sin rastro de culpa, vergüenza o ansiedad.

Si tras un error no nos premiamos por el esfuerzo realizado y nos limitamos a exigirnos más, entonces no estamos reaccionando de manera adaptativa y cuando se nos presente una situación similar, cometeremos más errores en lugar de mejorar. Esto producirá a la larga un sesgo atencional y un sesgo interpretativo. El primero hará que estemos centrados en los errores, la culpa o la ansiedad y el segundo, que consideremos que los errores que hemos cometido son imperdonables.

Si queremos disminuir los errores debemos pensar siempre que “equivocarse es de sabios”, prestar la atención justa a lo que hemos hecho mal, hacerlo de manera constructiva y pensando en lo que debemos corregir en un futuro. Esto ayudará a aumentar lo que llamamos la “autoeficacia percibida”, es decir, que cada vez seamos más conscientes de nuestras capacidades e interioricemos que vamos a ser capaces de dar con la solución o de afrontar el problema.

Cuando una persona es excesivamente perfeccionista, dedica demasiado tiempo a estudiar si ha cometido o no errores en su trabajo. Con ello, ganan poca eficacia, porque realmente ya son eficaces de por sí, pero pierden en eficiencia, porque pierden mucho tiempo en revisar una y otra vez su trabajo. Cuando el perfeccionismo es exagerado, estas personas pueden caer en una espiral que les lleva a cometer más errores y por tanto a perder eficacia y bienestar.

En general, todo proceso de estrés que vaya conduciendo progresivamente al cansancio, al agotamiento o al insomnio, conduce a problemas como la falta de concentración. Si además surgen problemas como el consumo de sustancias, los problemas cognitivos aumentarán y de igual manera lo harán los errores, los accidentes y los problemas de rendimiento.

© Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad