Inteligencia emocional

El concepto de inteligencia emocional se hizo popular en todo el mundo a raíz del libro “Inteligencia Emocional” publicado en 1995 por el periodista de divulgación Daniel Goleman. Goleman se basó en diversos artículos sobre investigaciones publicadas en los 90 por una serie de autores, que estudiaron el tema con una metodología científica. Este concepto nace en el año 1990 (Salovey & Mayer, 1990) y, desde entonces, han sido numerosos los modelos teóricos y estudios empíricos que han tratado de desarrollar y validar instrumentos de medición precisos acordes con su modelo teórico.

Desde entonces, la investigación sobre la inteligencia emocional ha adoptado otra perspectiva del estudio de las emociones, recogiendo aportaciones de varias áreas de la psicología que hasta el momento habían permanecido poco conectadas.

Este nuevo enfoque considera a las emociones como mecanismos que son indispensables para nuestra supervivencia ya que representan una fuente de información muy útil sobre el medio en el que nos movemos, es decir, las situaciones que vivimos, sus consecuencias y su importancia y nuestra relación con ellas. La inteligencia emocional es por tanto, la habilidad para recoger toda la información sobre nuestras emociones y las ajenas y utilizarla para favorecer nuestra adaptación social y emocional.

Tradicionalmente, la psicología utilizaba la inteligencia para evaluar las diferencias entre unas personas y otras a la hora de resolver problemas y conseguir metas. Era estudiada como un conjunto de aptitudes y habilidades que podían predecir el rendimiento. Con este enfoque, las emociones, al no ser racionales y obedecer a impulsos, sólo eran consideradas como elementos que entorpecían la resolución de problemas lógicos. Sin embargo, hacia finales del siglo XX, diferentes estudios científicos demostraron que las emociones eran tan importantes o más que los procesos cognitivos racionales, es decir, más importantes que los procedimientos que utilizamos las personas para incorporar conocimientos. Por tanto, eran imprescindibles a la hora de ver las diferencias entre unos individuos y otros cuando se trataba de analizar el rendimiento y la consecución de metas.

Emociones y procesos cognitivos, aunque independientes, son necesarios para la adaptación al medio. Por un lado, la capacidad de procesar e incorporar la información es necesaria para la regulación emocional y las emociones pueden acelerar, facilitar o bloquear estos procesos. Tanta es la importancia que actualmente se concede a la inteligencia emocional que muchos especialistas consideran que debería existir un entrenamiento desde el colegio, como si fuera cualquier otra materia, en lugar de esperar a que la descubramos por nuestra cuenta ya que muchas personas no llegan nunca a desarrollar estas habilidades, lo que dificulta su adaptación, su rendimiento y su bienestar. Destacar que el entrenamiento de la inteligencia emocional reduce y modula los efectos del estrés y aumenta el rendimiento, la salud y el bienestar.

Diversas investigaciones han concluido que:

  • Los alumnos y trabajadores con mayor éxito académico o profesional poseen mejores niveles de competencias socio-emocionales.
  • Ciertos estados emocionales negativos, como la depresión, están asociados a bajos rendimientos académicos y profesionales.
  • La aplicación de programas para el desarrollo de estas competencias incrementan el proceso de aprendizaje, favorecen la integración social, previenen el absentismo laboral, el abandono escolar, la violencia o el acoso.
  • La inteligencia emocional ayuda a compensar una menor inteligencia cognitiva.
  • El entrenamiento en inteligencia emocional, no sólo ayuda a manejar mejor las emociones y mejorar la capacidad de negociación sino que ayuda a que el otro negociador se sienta mejor con el resultado con independencia de éste.

Y por tanto, definen la inteligencia emocional como “la capacidad para percibir, valorar y expresar las emociones con exactitud; la capacidad para acceder y generar sentimientos que faciliten el pensamiento; la capacidad para entender la emoción y el conocimiento emocional; y la capacidad para regular las emociones y promover el crecimiento emocional e intelectual” (Mayer & Salovey, 1997).

Describimos a continuación las cuatro ramas del modelo descrito por Mayer & Salovey con una pequeña explicación de cada una de ellas.

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