Emociones y salud

Las emociones positivas tienden a potenciar la salud tanto física como mental mientras que las emociones negativas tienden a disminuirla. A su vez, las personas que gozan de un buen estado de salud tienden a experimentar más emociones positivas y menos negativas que quienes han perdido su bienestar.

En un primer momento, las emociones negativas se consideran adaptativas, es decir, nos ayudan a protegernos de determinados problemas. Sin embargo, no es adecuado permanecer indefinidamente enfadados, tristes o aterrados ya que estas situaciones suponen un sobre esfuerzo y un sobre coste que no es posible mantener a lo largo del tiempo y que puede acarrear un trastorno de la salud física y mental.

Hay varias explicaciones por las que un elevado estado de emocionalidad negativa puede tener consecuencias para la salud:

  • Cuando experimentamos ira, tristeza o depresión de manera intensa, tienden a producirse cambios de conducta que hace que abandonemos hábitos saludables como el ejercicio físico o la vida social y los sustituyamos por otros como el sedentarismo o la adicción al tabaco o al alcohol que ponen en peligro nuestra salud.
  • Las reacciones emocionales que se prolongan en el tiempo también hacen que se activen mecanismos fisiológicos como la tensión, la elevación de la presión sanguínea etc. que pueden desembocar en problemas musculares o cardiovasculares altamente perjudiciales.
  • También un malestar psicológico propio de las emociones negativas puede desencadenar mecanismos de autorregulación poco adecuados que se utilizan para contrarrestar o eliminar estas experiencias emocionales. Un ejemplo es el uso de sustancias para reducir el malestar o tratar de evitar las situaciones que provocan nuestras reacciones desencadenando trastornos de tipo fóbico.
  • Una alta emocionalidad negativa produce también sesgo cognitivo, es decir, una manera de interpretar las situaciones alejada de la realidad. Cuanto más nerviosos estamos más nos fijamos en las amenazas y más importancia le damos a la probabilidad de que haya consecuencias negativas con lo que aumenta la ansiedad y de nuevo cambia nuestra percepción de la realidad. Si nuestra atención se focaliza en sensaciones físicas puede desarrollarse trastorno del pánico, si lo hace en la propia conducta ante situaciones sociales, fobia social, si se fija en pensamientos intrusos, trastorno obsesivo compulsivo, si lo hace en la pérdida, trastorno depresivo etc.

Las emociones positivas también a veces pueden alterar nuestra salud. Por ejemplo, una elevada euforia en personas muy impulsivas puede conducir a un atracón de comida o de consumo de sustancias psicoactivas, que puede aumentar el riesgo de sufrir un accidente o alguna otra consecuencia negativa para la salud.

En definitiva, existe una relación estrecha entre emociones y salud. Por un lado, cuando estamos sanos disfrutamos de mayores niveles de bienestar y emocionalidad positiva, mientras que cuando enfermamos, tendemos a preocuparnos, activarnos y a deprimirnos. Por otro lado, las emociones positivas tienden a potenciar la salud, mientras que las reacciones emocionales negativas tienden a producir algunos trastornos de la salud que podríamos denominar "desórdenes emocionales".

Cada persona tiende a ser más o menos reactiva en un determinado sistema o en una respuesta concreta del sistema. Parece que esta especialización o tendencia de las personas a activar más un tipo de respuesta es en buena medida genética y tendemos a exhibirla a edades tempranas. Sin embargo, también se puede aprender y "perfeccionar", prestando más atención, dando más importancia e incluso pretendiendo controlar voluntariamente tal respuesta fisiológica (sobre la que no tenemos control voluntario, pues está regulada por el sistema nervioso autónomo). Por ejemplo, algunas personas tienen más facilidad para sudar que otras, por lo que, cuando se encuentran en situaciones que producen ansiedad, tienden a sudar más. Si a alguna de estas personas le molesta su sudor, presta más atención al mismo y termina magnificando esta circunstancia, estará tendiendo a desarrollar mayor "habilidad" para sudar cada vez más en tales situaciones, aunque lo que pretendía era justo lo contrario.

En principio los síntomas físicos como la aceleración cardiaca, las palpitaciones, o la tensión muscular, son las primeras manifestaciones que experimentan muchas personas tras estar sometidas a altos niveles de ansiedad y activación fisiológica. Si las situaciones que provocan la ansiedad se mantienen a lo largo del tiempo (por ejemplo, en la actividad laboral se tiene una importante responsabilidad o se está siendo evaluado de forma casi permanente), esos síntomas físicos, característicos de cada persona, pueden llegar a constituirse en somatizaciones, como el dolor de cabeza, dolor de hombros o espalda, fatiga crónica, molestias digestivas, etc.

A veces, las situaciones que provocan la ansiedad no se han prolongado en el tiempo y sin embargo surgen somatizaciones, bien porque la persona dedica mucho tiempo a pensar en ellas (sesgos cognitivos), bien porque fueron muy fuertes y provocaron síntomas muy intensos que se vienen repitiendo desde entonces, como si se hubieran condicionado y hubiesen adquirido una cierta autonomía (en contra de la propia voluntad).

Existe una relación dosis-efecto entre los niveles de emocionalidad negativa y los síntomas de la enfermedad física, de manera que cuando aumenta la ansiedad, la ira o la depresión, empeoran los síntomas físicos.

Como hemos comentado anteriormente, la reacción ante determinadas situaciones y las emociones son diferentes en cada individuo. Hay personas que ante un exceso de carga emocional tienen problemas físicos como los dolores de cabeza o los trastornos digestivos, otras, problemas cognitivos como la excesiva preocupación y la obsesión y otras, problemas conductuales como el consumo de determinadas sustancias. Por tanto, hay una situación de alarma diferente para cada persona.

Cuando experimentemos un malestar clínicamente significativo cada vez más difícil de soportar, cuando no se recupera el estado de reposo o cuando el estado emocional interfiere en nuestra vida normal, está sonando la alarma.

En este caso, lo primero que tenemos que hacer es buscar información cualificada, que provenga de una fuente fiable. Esta información es esencial para iniciar un proceso de cambio que nos lleve a un aprendizaje emocional y revertir así el proceso que se ha iniciado. Es esencial siempre tomar un papel activo para que se inicie un proceso de recuperación.

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