Ansiedad y procesos cognitivos

Como ya hemos comentado a lo largo de estos textos, cuando mayor es la amenaza y menor la cantidad de recursos de que disponemos, más nos activamos. Nos levantamos por la mañana y vemos que ha sonado el despertador y nos hemos quedado dormidos. El hecho de ponernos nerviosos es adaptativo y hace que incrementemos nuestro nivel de activación para atender la demanda de la situación, en este caso, llegar a tiempo. Sin embargo, esta ansiedad se puede convertir en una respuesta negativa y patológica que en lugar de ayudar a que nos enfrentemos a la situación, dificulte que podamos hacerle frente porque nos agota, nos impide dormir etc. Esto sucede simplemente porque la reacción es desproporcionada, es decir, no guarda relación con el peligro real. Naturalmente esto depende de cada persona, del grado de amenaza que percibe, de cómo valora las consecuencias de la situación y las posibilidades de afrontarla con éxito.

Cuando hacemos una valoración exagerada de la amenaza, nuestra reacción pone en marcha una cantidad de recursos que realmente no son necesarios. Este despilfarro, este exceso de tensión, nos agota y nos puede llevar a rendir menos, perder eficacia y por tanto, un nuevo incremento de la ansiedad para prevenir un mal resultado.

Tan malo es estar activado en exceso como no estarlo. En el primer caso no canalizamos la energía para actuar correctamente y en el segundo nos falta motivación, energía y recursos para actuar.

Hay una serie de respuestas que están relacionadas con el Sistema Nervioso Autónomo. Estas respuestas son el sudor, el rubor o la erección. Dependiendo de la atención que le prestemos a estas reacciones, así será su intensidad. Si nos dicen que nos estamos poniendo rojos y eso nos preocupa, el color de nuestro rostro se intensificará. Del mismo modo, si estamos pendientes de un exceso de sudoración, menos lo controlaremos. Si queremos aprender a manejar estas respuestas involuntarias de activación tendremos que modificar la atención que les prestamos.

No tener información suficiente sobre este tipo de respuestas genera, en muchas ocasiones, más ansiedad porque consideramos nuestra propia reacción como una amenaza. Si aprendemos algo más sobre lo que es la ansiedad, cómo se produce, qué implica y cómo se controla, el hecho de estar nerviosos o ansiosos no debería preocuparnos en absoluto.

Ya hemos comentado que la ansiedad está ligada a los procesos cognitivos, aquellos que nuestra mente pone en marcha para procesar la información, en una doble dirección. Por una parte sentimos ansiedad cuando valoramos una situación como amenazante, proceso en el que intervienen también factores como las creencias, la autoeficacia percibida etc., y por otro hay una serie de procesos cognitivos superiores, como son la memoria, la capacidad de tomar decisiones etc., que pueden verse alterados cuando presentamos un cuadro de ansiedad.

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